Aguirre, la Esperanza?

Ha vuelto. Y con fuerza. Esperanza Aguirre se ha hecho pública y política de nuevo (en realidad nunca habría dejado de serlo, como ella misma anunció). Y lo ha hecho con una apuesta a grande: un tirón de orejas a Rajoy para llenar de ánimos las desinfladas filas populares, cabizbajas desde el reconocimiento por parte del Gobierno de que la recuperación económica no llegaría hasta el 2016.

Ni corta ni perezosa, como ella siempre ha sido, ha cogido el toro por los cuernos y le ha puesto nombre: basta ya de subir impuestos, basta ya de alargar la agonía, basta ya de no cumplir con el programa con el que vino a presentarse ante los españoles y por el que hoy gobierna con una amplia mayoría, le ha venido a decir. Es hora de recortar los gastos del Estado, de adelgazar su estructura y lograr que “llegue el dinero a empresarios y familias para sacar a España de la crisis”. Ahí lo llevas. Sin tapujos y sin mayor estructura que la necesaria hoy en día para hacerse escuchar: su blog personal.

Ayer, fiesta del trabajo, y hoy, fiesta en la Comunidad de Madrid, han sido los días elegidos por la Aguirre para hacer valer su Esperanza. No es casual. Nada en política lo es. Hoy su sucesor en la Comunidad de Madrid, le impondrá la medalla de oro de la Comunidad, en reconocimiento a sus años de servicio. Y mientras, sus titulares en los diarios y sus cortes en las entrevistas de radio, martillean los oídos del Gobierno de Rajoy que sigue tratando de levantar cabeza, remando entre las aguas turbulentas de la economía, las exigencias de Bruselas, las demandas ciudadanas, las terroríficas cifras del paro y la inevitable soledad de Moncloa que invade a todos sus habitantes.

Esta medida apuesta de Aguirre va sin duda directamente encaminada a hacer valer su talla política. Juraría que responde a su intención de empezar a hacer públicas las verdaderas razones de su precipitada dimisión: las de preparar su esperada entrada en el hipotético escenario de una batalla para recuperar las riendas del PP nacional hacia el ala más liberal del partido. No sería la primera vez. Ya en 2008 apoyó el intento de relevar a Rajoy de la presidencia junto con Mayor Oreja, el mismísimo Aznar y Rodrigo Rato que aterrizaba en España tras una precipitada y sospechosa huida del FMI.

Pero bien sabrá Aguirre que en esa batalla se habría de enfrentar, de nuevo, contra Gallardón, que hace sus deberes ahora asegurando el fundamental apoyo de los votantes católicos que tanto se manifestaron en la etapa ZP a favor de la familia y en contra del aborto. Abandera el ministro de Justicia esta batalla, consciente de la importancia de cumplir sus promesas electorales, y mirando sin duda hacia el futuro, ese con el que tanto tiempo ha soñado.

También sabrá la ex presidenta de Madrid que salidas de tono como la suya no son bien recibidas en el partido en el que milita. Ella, que siempre se ha reconocido como “un verso suelto” dentro del PP y que defiende la libertad desde todos sus puntos de vista, sabrá que no casa bien con los intereses de un partido cerrado en filas con Rajoy hace tiempo, donde sus fieles guardan las puertas del castillo y donde no son bien vistos los debates internos que se hacen públicos. Y habrá medido, seguro, que es muy posible que todo termine con su salida del partido en el que milita. Y que, en ese caso, los votos que cosecha y con los que cuenta en Madrid, sumados a los que pudiera arañar en el resto del país, podrían darle con suerte la representación que hoy ostenta el partido de Rosa Díez. Pero, ¿es eso lo que busca la lideresa? Sólo ella lo sabe. Lo que es seguro, es que lo tiene meditado y medido hasta el milímetro. Nada es casual en política.

@elenabarrios

 

Acerca de lo de Gallardón… yo no aborté

Yo no aborté. Y hoy, si me viera en una situación similar, volvería a actuar igual. El anuncio de Gallardón, de quitar el supuesto de la malformación del feto para abortar, ha generado una gran polémica. Y aunque ya han pasado unos años -esto es algo que nunca se olvida- me he armado de valor para contarlo hoy en mi blog (me he salido de los temas de actualidad y política que suelen traerme por aquí, que me perdonen mis seguidores).

Fue mi primer embarazo: estaba ilusionadísima, como todas las primerizas. Y a las 12 semanas llegó el diagnóstico: “es un feto acráneo, es incompatible con la vida”, me dijeron. ¿Cómo??? ¡Pero si está vivo!! ¡Se está moviendo!!! ¡Y su corazón late!!!, decía yo mirando la imagen que salía por la pantalla del ecógrafo. Entonces me explicaron que se trataba de una malformación poco común, que se produce cuando debe cerrar la médula espinal y que no termina en espina bífida, sino en ausencia de huesos en el cráneo, haciendo de mi hijo un ser incompatible con la vida. ¿Qué soluciones médicas hay?, pregunté. “El aborto”, me dijeron.

No puedo explicar el dolor que sentí. Mi hijo, que estaba vivo, tenía que dejar de estarlo, por mi decisión. ¡Pero si está vivo!, me repetía. ¡Cómo voy a decidir que deje de existir! Me sentía incapaz de decidir matar a mi hijo. No podía, era demasiado duro. Por otra parte, pensaba en los meses que me quedaban por delante y me decía: ¡qué horror! ¡cómo voy a seguir adelante hasta los nueve meses con un embarazo sabiendo que mi hijo morirá!! “Es mejor que tomes la decisión ahora -me decían los ginecólogos-, antes de que empieces a notar que se mueve, porque entonces te costará más”. Y tomé la decisión.

No puedo abortar, me siento incapaz, le expliqué a mi marido. “Si no quieres abortar, no te preocupes, seguiremos adelante, con lo que venga”, me dijo. Fue duro, lo confieso. Pero hoy lo volvería a hacer. Al poco, como me habían avisado, empecé a notar al bebé dentro de mí. Y un poco después, entendí que sólo tenía unos meses para hacer feliz a mi hija -ya sabía que era niña-: los que le quedaban de vida intrauterina. Me dediqué a disfrutar de todas las puestas de sol que podía, a vivir intensamente todos los buenos momentos que tenía alrededor, a comer un montón de cosas ricas, a escuchar la música que más me gustaba a todo volumen, a acariciarme la barriga y al bebé que llevaba dentro cada vez que se movía… Se trataba de poder fabricar todas las endorfinas posibles, y que éstas le llegaran a mi hija durante los meses que iba a estar junto a mí: eso es lo único que iba a poder darle, y quería dárselo a espuertas. 

Los meses pasaron, con mucha incomprensión de los que había alrededor, pero con un gran amor por nuestra parte hacia la hija que no veríamos crecer. Ella nació, y como nos dijeron, murió después de unas horas. ¿Fin de la historia? No, yo sé que hice todo lo que pude por ella. Yo sé que le dí lo único que le iba a poder dar: unos meses de vida. Y aunque lloré, fui feliz. Y aunque aún lloro, soy feliz. He tenido más hijos, todos sanos, como me dijeron que sería. Y a diario me acuerdo de la primera, pero ni con tristeza ni con pena: con nostalgia y con amor, de madre. 

No pretendo ponerme como ejemplo de nada, ni desacreditar ninguna de las múltiples opiniones que se han levantado en contra del anuncio del ministro de Justicia, como la carta de una pediatra a Gallardón, la del neurocirujano infantil o la de la madre que enterró a su hija de siete meses. La mía es otra experiencia: la de una madre que se negó a interrumpir un embarazo con una grave malformación. Y que aún se alegra de la decisión que tomó.