Por qué ante el 26-J ganaría quien más arriesgara

La repetición de las elecciones -que no celebración de elecciones anticipadas- el próximo 26 de Junio tienen la peculiaridad de que no cuentan con antecedentes en la joven historia de nuestros 40 años de democracia.

A ellas la ciudadanía llega cansada después de haber visto a unos dirigentes políticos incapaces de ceder un ápice sus aspiraciones por el poder a pesar de haber pregonado a los cuatro vientos que era tiempo de negociación. La falta de cintura, las imposiciones de los aparatos y la ambición por llegar al poder a cualquier precio, han demostrado la falta de altura de miras de todos ellos.

Y aunque paradójicamente el que mejor punto de partida tiene es quien menos se ha movido de su posición, lo cierto es que Rajoy llega muy desgastado a esta cita electoral. Ha sido el candidato del PP desde el 2004, ha gobernado sin tiempo para que las reformas y los difíciles e incomprendidos ajustes se hayan notado apenas en la economía doméstica y los casos de corrupción le aflotan y atosigan sin remedio.

Sánchez, de quien ya hemos hablado anteriormente en este blog, ha bailado al ritmo que le marcaba Iglesias: ahora te propongo de presidente y te impongo el Gobierno, ahora no pacto contigo y te tumbo la investidura al tiempo que prometo volver a negociar, ahora me saco un conejo de la chistera y te vuelvo a deslumbrar con fuegos de artificio con Compromís. Se ha desgastado y quemado casi del todo.

Iglesias tenía muy claro cuál era su objetivo y ha jugado a la perfección sus cartas como ya comentamos también hace unos posts. Apoderarse del suelo electoral del PSOE es su gran objetivo y lucha por ello con ahínco, sabiendo que la sociedad española tiene difícil decantarse mayoritariamente por una fuerza de izquierda. Pero sus diferencias con Errejón también le han pasado factura y en los últimos sondeos se observa una bajada en la intención del voto para el partido morado -aunque, eso sí, en las últimas contiendas han sido siempre los únicos en lograr remontar resultados durante los 15 días de campaña-.

Rivera, por su parte, ha sacado partido como nadie a unos 40 escaños que el 20-D pudieron saber a poco. Pero, no nos engañemos, es un gran triunfo para su estreno en unas elecciones nacionales. Aunque quizá le pase factura su predisposición a pactar con los partidos de la vieja escuela, como ya hiciera en las autonómicas y municipales sin que, de momento, se haya notado demasiado los nuevos aires que aseguran traen a la política española.

Y todos repiten. Esa es su intención. Apenas habrá movimiento en las listas salvo de momento las anunciadas en el PSOE por decisión propia de los interesados. ¿Cómo van a justificar ante el electorado que les votó hace 6 meses su incapacidad para formar Gobierno y pedirles de nuevo su confianza si no cambiaron nada de su propuesta? ¿Cómo esperan obtener resultados diferentes si se realizan las mismas acciones?

Por eso, y porque no existen precedentes en nuestro país, es posible que quien más pudiera ganar fuera quien más arriesgara. Quien apostara por el cambio. Quien decidiera cambiar al cabeza del cartel. Y no. No es una locura con tan sólo dos meses. Después de lo que llevamos andado, y con el agotamiento-aburrimiento de los electores, sólo el que presente una cara nueva podrá garantizar ante el electorado al menos una nueva intención de hacer las cosas. Una nueva ilusión. Un nuevo modo. Una nueva acción.

Los tiempos, las campañas, los medios, las estrategias… todo ha cambiado ya en política. Es hora de adaptarse y reconocer el fracaso. Asumir que hay margen de mejora y que hay valores y cantera suficiente dentro de los partidos para presentar nuevas caras y nuevas energías. Arriesgado, sí. Pero posible y con mayor garantía de honestidad seguro que volver a presentar los mismos candidatos y los mismos programas. ¿Irreal para nuestra España y con nuestros partidos? Totalmente. Pero soñar es gratis.

El dardo envenenado

El que golpea primero golpea dos veces. Y si además lanza un dardo con veneno, olvídate de ganarle. Es lo que le ha pasado a Pedro Sánchez con la propuesta de pacto con Podemos. Pero no sólo a él. Este dardo ha anulado de un sólo golpe a Rajoy, Rivera y Sánchez. Ha sido una jugada maestra.

El 22 de enero, durante la primera ronda de consultas del Rey, Pablo Iglesias se adelantó a todos ofreciendo al PSOE formar un gobierno de coalición con IU en la que el propio dirigente de Podemos sería el vicepresidente. Su dardo, envenenado desde antes de salir, contaba con que Sánchez se enterara directamente por boca del Rey, descolocándole delante del Jefe de Estado que le informaba de que era un presidenciable: gran golpe de efecto. Sin tiempo de valorar la propuesta ni hablar apenas con su equipo, debió dar la cara ante los periodistas y pronunciarse ante unas declaraciones del propio Iglesias que suponían un auténtico insulto: “que sea presidente es una sonrisa del destino que tendrá que agradecer”.

Pero coló. Sánchez se tragó el dardo y comenzó a digerirlo. Ante el inmovilismo de Rajoy y el movimiento de sillón en filas propias, decidió que era su oportunidad. Que debía dar la talla y demostrar su capacidad de diálogo y de dirigir un partido y un Gobierno. Se lo tragó entero. Sobretodo porque la jugada de Iglesias no había hecho más que empezar. Tres días después firmó una tribuna en El País en la que metía prisa a Sánchez, le advertía de que pactar con Ciudadanos y PP sería pactar con la derecha y, además, se atribuía el apoyo de las bases socialistas a ese supuesto pacto (sin demostrar el apoyo ni afirmar tener una encuesta, sin complejos vaya…)

A partir de ese momento Pedro Sánchez tenía pocas salidas: intentar un pacto con PP y Ciudadanos sabiendo que su electorado sería la última vez que le votara por traicionar a sus votantes. Pactar con Podemos y aceptar un órdago a la grande que se antojaba imposible: no renunciaban a las posiciones independentistas catalanas, algo inasumible para el PSOE. Y, además, siendo consciente de que Podemos es quien les hace la cama en la batalla electoral ideológica por ocupar el gran centro izquierda: la formación morada aspira a obtener el gran suelo electoral que un día tuvo Felipe González. Y eso sólo es posible borrando del mapa al PSOE. Al pobre Sánchez no le habían dado siquiera la posibilidad de elegir susto: sólo había muerte o muerte.

Y así, decide dar el paso, a pesar de no tener la aritmética de su lado y decide jugar a quiero ser presidente. Reuniones, propuestas, negociaciones de posibles leyes, demostraciones de cintura… y todo, calculadora en mano y sin salir las cuentas. Las únicas que salen son las que le propuso Iglesias, inasumibles para el PSOE. Pero como decidió dar el paso, el reloj comenzó a andar, aceptó intentar ser presidente y echó a andar el calendario que marca la fecha límite para la celebración de unas nuevas elecciones antes del verano.

Este nuevo encuentro con las urnas sólo se evitaría con un acuerdo de Gobierno in extremis entre alguna de las combinaciones posibles: PP+Ciudadanos+Abstención del PSOE (= muerte del PSOE y sobre todo de Pedro Sánchez, al que borrarían del mapa en el siguiente mandato) o PSOE+Podemos+IU (=muerte por abducción de Podemos tras cederle la vicepresidencia y el control de las principales carteras). Seguimos en muerte o muerte.

Como los pactos se antojan imposibles y la relación PP-PSOE es tan absolutamente fría y distante, es muy probable que lleguemos a la celebración de unas nuevas elecciones. Justo lo que ha pretendido Iglesias con este derroche de jugadas maestras: Rajoy llega después de haber estado un mes aislado (el PP ni siquiera propuso candidato a la presidencia de la Mesa del Congreso), sin ser capaz de lograr apoyos por el “cordón sanitario al PP” y ausente del escenario político: aparentemente (e incomprensiblemente) tranquilo por saber que la aritmética estaba de su lado y Sánchez no podría formar Gobierno; cerrado en su postura y debiendo hacer frente a nuevos casos de corrupción y a la reciente dimisión de Esperanza Aguirre; con mejores resultados económicos para los ciudadanos, pero con el aviso de Europa de que deben seguir las políticas más duras para reducir el déficit. Tiene muy difícil poder revalidar el anterior resultado electoral.

Ciudadanos lo hace después de haber tratado de hacer de mediador entre PP y PSOE de manera incansable: nada más celebrarse las elecciones, tras la primera ronda de consultas con el Rey, unos días antes del paso hacia delante de Sánchez y también después de que se  sentaran a negociar cuando Sánchez buscaba alianzas. Se presenta ante su electorado y ante los indecisos sin haber sido capaz de ayudar a formar Gobierno, sin haber podido disolver la guerra fría entre los dos grandes partidos para pactar con ambos y teniendo que convencer a sus votantes de que él sigue siendo la nueva política mientras que PSOE y PP son la vieja política. ¿Por qué habrían de votar a Rivera si al final acabaría pactando con alguno de los del bipartidismo?

El PSOE se presenta a la nueva contienda teniendo que justificar ante sus votantes que votarle a él es votar posibilidad de Gobierno. ¿Cómo si no ha sido capaz de hacerlo a pesar de que se lo han puesto en bandeja? Y ese precisamente será el gran argumento de Iglesias: Podemos es el único partido de izquierda que ha puesto sobre la mesa una propuesta seria de Gobierno de progreso. Dirá a los votantes socialistas: yo entiendo vuestras inquietudes de izquierda y yo os las daré, vuestro partido sólo ha querido gobernar con la derecha, con Ciudadanos y no con los únicos que asegurábamos políticas de izquierda.

Es más, con su jugada maestra Iglesias se ha ventilado también a otra peligrosa piedra en su zapato: la tan ansiada llegada de Susana Díaz a la dirección socialista en Ferraz. El despliegue de diálogo y propuestas de gobierno de Sánchez durante las últimas semanas (y las que quedan) ha hecho desaparecer el descontento interno que había con el secretario general. De hecho, ya sólo se baraja unas primarias en las que no habría otro candidato más que él. Soberbia jugada.

Y ha mantenido tan distraído y obnubilado al PSOE por la posibilidad (no aritmética) de formar gobierno, que no ha caído en las dos trampas mayores. Una, no ha tenido tiempo si quiera de considerar la posibilidad de dejar gobernar al PP en minoría; esta opción -nunca barajada por Sánchez- habría pasado por tener atado en corto a Rajoy, obligándole a tragar por donde ellos dijeran en una legislatura previsiblemente corta y de la que el PP saldría de nuevo escaldado: por la corrupción y por la menor reactivación de la economía que supondría levantar el pie del acelerador cumplidor del déficit. Y dos, haber permitido que en el imaginario de todos los ciudadanos españoles -de nuevo votantes de aquí a unos meses- Iglesias haya aparecido como hombre de Gobierno. Quien hasta hace algo más de dos años era un completo desconocido asiduo a algunas tertulias políticas, director de un programa en La Tuerka, es hoy visto por una gran cantidad de españoles como un hombre que ha estado muy cerca de ser el vicepresidente del Gobierno de España. Hundido.

Lo que pactes hoy te retratará mañana

A seis días de que se celebren las municipales y autonómicas en toda España, dos meses después de que se celebraran en Andalucía y sin que el partido ganador de las mismas haya sido capaz aún de formar gobierno, todos los partidos hacen cálculos sobre los posibles pactos que deberán cerrar en unas semanas. Hay mucho en juego.

Por un lado, los partidos hasta ahora mayoritarios ven que han perdido la hegemonía de la alternancia. Nuevas formaciones políticas, más jóvenes y frescas, sin experiencia en la gestión y aún sin mancha de corrupción, están viendo en las encuestas y en la calle un gran crecimiento en intención de voto. Las urnas ya hablaron hace dos meses en Andalucía: el bipartidismo PP-PSOE ha dejado paso a una composición casi cuatripartita PP-PSOE-Podemos-Ciudadanos en la que los pactos serán obligatorios.

Pero la realidad es que todos, desde los más pequeños hasta los más grandes, miran con ansia a finales de año y la cita con las elecciones generales. Y es que lo que pactes hoy te retratará mañana. En estos acuerdos son precisamente los partidos más pequeños quienes más tienen que perder: tanto Podemos como Ciudadanos, que se presentan como partidos limpios de corrupción, con nuevas ideas de regeneración democrática, pueden ver alterada la credibilidad de su discurso por tocar gobierno en algún lugar.

Esa es la principal razón por la que ni Ciudadanos ni Podemos han pactado aún con Susana Díaz para permitir su investidura. El calendario electoral, que inicialmente la presidenta andaluza en funciones creía a su favor por su propio interés político, juega a favor ahora de los acuerdos postelectorales para los dos partidos minoritarios. A principios de julio deberán volver a retratarse en el Parlamento Andaluz. Y para esa fecha todo el pescado estará vendido a nivel municipal y autonómico: extraños compañeros de cama veremos por toda la geografía española!

¿Qué podría ocurrir en Andalucía? ¿Y  más tarde, a nivel nacional? ¿Dejarán los dos grandes partidos que nuevas formaciones políticas entren en los gobiernos dispuestos a abrir puertas y ventanas, airear todo lo pasado, imponer transparencia y limpieza en instituciones que durante 30 años han estado gobernadas por los mismos? ¿Serían capaces de pactar entre ellos para evitarlo? ¿Es posible que esto haya sido ya incluso pre-pactado de antemano a nivel nacional entre ellos: que PP deje gobernar a PSOE en Andalucía a cambio de idéntica actitud a la inversa a nivel nacional? ¿Qué hablaron Susana Díaz y Mariano Rajoy el pasado mes de diciembre en Moncloa? ¿No resultan ahora curiosas las declaraciones de la actual presidenta andaluza en funciones sobre su preocupación por España? Muy pronto, todas las respuestas.